No
basta, gloriosa Virgen Inmaculada, protectora mía, con que yo camine
por la senda del bien si en él no soy perseverante. Tú, pues, que fuiste
modelo de constancia cristiana en practicar la virtud, alcánzame la
fuerza para que adelante más y más en la senda de las santas costumbres
en que, con la Gracia de Dios, intento ocuparme, procurando copiar en mi
vida la del justo, que semejante a la aurora crece hasta el perfecto
día a fin de que quede bien impresa en mi alma la sentencia del Divino
Maestro, que dice: 'El que persevere hasta el fin se salvará'
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