"Simón, hijo de Juan, ¿me amas?". El le respondió: "Sí, Señor, sabes que te quiero". Jesús le dijo: "Apacienta mis ovejas". (Jn. 21, 16)
Jn 12, 1-11
Seis días antes de la Pascua, Jesús volvió a Betania, donde estaba
Lázaro, al que había resucitado. Allí le prepararon una cena: Marta
servía y Lázaro era uno de los comensales. María, tomando una libra de
perfume de nardo puro, de mucho precio, ungió con él los pies de Jesús y
los secó con sus cabellos. La casa se impregnó con la fragancia del
perfume. Judas Iscariote, uno de sus discípulos, el que lo iba a
entregar, dijo: "¿Por qué no se vendió este perfume en trescientos
denarios para dárselos a los pobres?". Dijo esto, no porque se
interesaba por los pobres, sino porque era ladrón y, como estaba
encargado de la bolsa común, robaba lo que se ponía en ella. Jesús le
respondió: "Déjala. Ella tenía reservado este perfume para el día de mi
sepultura. A los pobres los tienen siempre con ustedes, pero a mí no me
tendrán siempre". Entre tanto, una gran multitud de judíos se enteró de
que Jesús estaba allí, y fueron, no sólo por Jesús, sino también para
ver a Lázaro, al que había resucitado. Entonces los sumos sacerdotes
resolvieron matar también a Lázaro, porque muchos judíos se apartaban de
ellos y creían en Jesús, a causa de él.
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