"Simón, hijo de Juan, ¿me amas?". El le respondió: "Sí, Señor, sabes que te quiero". Jesús le dijo: "Apacienta mis ovejas". (Jn. 21, 16)
Lc 4, 38-44
Al salir de la sinagoga, Jesús entró en la casa de Simón. La suegra de
Simón tenía mucha fiebre, y le pidieron que hiciera algo por ella.
Inclinándose sobre ella, Jesús increpó a la fiebre y ésta desapareció.
En seguida, ella se levantó y se puso a servirlos. Al atardecer, todos
los que tenían enfermos afectados de diversas dolencias se los llevaron,
y él, imponiendo las manos sobre cada uno de ellos, los sanaba. De
muchos salían demonios, gritando: "¡Tú eres el Hijo de Dios!". Pero él
los increpaba y no los dejaba hablar, porque ellos sabían que era el
Mesías. Cuando amaneció, Jesús salió y se fue a un lugar desierto. La
multitud comenzó a buscarlo y, cuando lo encontraron, querían retenerlo
para que no se alejara de ellos. Pero él les dijo: "También a las otras
ciudades debo anunciar la Buena Noticia del Reino de Dios, porque para
eso he sido enviado". Y predicaba en las sinagogas de toda la Judea.
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